Hace un año vivía uno de esos momentos que, estoy segura, van a quedar guardados para siempre en mi memoria.
Asistía, a la distancia, al debate en el congreso para la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, que finalmente fue aprobada en medio de la madrugada, mientras miles de argentinos seguíamos de cerca el desarrollo de ese momento histórico. Sí, yo fui de esas que se quedó hasta el final, la que puteó los discursos retrógrados de muchos de nuestros legisladores, la que se emocionó con la votación, la que lloró cuando quedó aprobada la ley, la que sintió en ese momento que como país habíamos crecido 100 años de golpe, la que al despertarse al día siguiente se sintió feliz por el logro colectivo.
Poder vivir esas horas a través de la TV, y compartir e intercambiar opiniones en las redes sociales, fue una de las cosas que también hicieron a ese día especial. La adrenalina vivida fue increíble, gloriosa, única.
Y tengo que decir que cuando la posibilidad de que surja una ley de este tipo se instaló en la sociedad, supe desde un primer momento cuál era mi postura, sin dudas y con absoluta convicción estaba A FAVOR del Matrimonio Igualitario.
Y aunque no soy militante de ningún partido, la defendí cada vez que pude, en los ambientes más diversos y ante personas que opinaban distinto a mi, aún a riesgo de entrar en terreno escabroso y convertirme en el aguafiestas de la reunión.
¿Y saben qué? No lo hice por ninguno de ustedes. Lo hice por un motivo pura y exclusivamente personal.
Lo hice porque en lo único que pensé desde un primer momento fue en mis hijos. Pensé en que si algún día ellos venían a decirme que eran homosexuales, yo quería para ellos lo mismo que tuve yo.
Quería igualdad de oportunidades y condiciones sin importar su elección o condición sexual.
Quería que la tengan fácil, al menos en ese sentido. Que no tengan que luchar contra posibles discrimaciones, que pudiesen elegir lo que mejor les parezca, como harían sus primos o amigos heterosexuales.
Quería que sus sentimientos y sus preferencias no fuesen un impedimento para alcanzar la plenitud y la felicidad, en un mundo donde ya de por sí, no es tarea sencilla ser feliz.
Y sí, perdón, pero pensé en ellos por sobre todos ustedes. Pasa que a veces la sangre tira, ¿vio?
Ah, y perdón por Olmedo también...
Mujer, hija, hermana, madre, esposa, amante, tía, periodista, amiga…Soy todo eso, y a veces más. Ejerzo de a ratos y a veces a tiempo completo, con todo mi humor y mi paciencia y, a veces, sin ninguna de las dos cosas. Soy artesana de mi destino: lo moldeo a mi gusto, como quiero, como me va saliendo. Soy lo que hay y siempre, o casi siempre, me gusta lo que soy. Hoy, lo comparto con ustedes.
viernes, 15 de julio de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
¿Nos damos una tregua?
Hoy pedí gancho. Me permití una tregua.
Me dije a mi misma que iba a poder, y pude.
No salté la muralla, todavía sigue siendo muy alta. Pero me animé a subirme a una escalera para poder ver del otro lado, para intentar extenderte mi mano y ver si de una vez por todas logro tocar, aunque sea, la punta de tus dedos.
No sé si funcionará. No sé si podré.
Teneme paciencia, entendeme. No es fácil para mi.
Prometo tenerte paciencia, prometo entenderte. Sé que tampoco es fácil para vos.
A veces se hace difícil traspasar mi coraza, lo sé. Pero sabe que también es difícil luchar con algunos sentimientos que llevan instalados largo tiempo dentro nuestro.
Pero voy a intentarlo, te lo prometo.
Voy a intentarlo por mi. Voy a intentarlo por vos.
Y si en el intento logro rozar aunque sea la punta de tus dedos, si en el intento logro acercarte a mi corazón, entonces todo el esfuerzo habrá valido la pena.
Me dije a mi misma que iba a poder, y pude.
No salté la muralla, todavía sigue siendo muy alta. Pero me animé a subirme a una escalera para poder ver del otro lado, para intentar extenderte mi mano y ver si de una vez por todas logro tocar, aunque sea, la punta de tus dedos.
No sé si funcionará. No sé si podré.
Teneme paciencia, entendeme. No es fácil para mi.
Prometo tenerte paciencia, prometo entenderte. Sé que tampoco es fácil para vos.
A veces se hace difícil traspasar mi coraza, lo sé. Pero sabe que también es difícil luchar con algunos sentimientos que llevan instalados largo tiempo dentro nuestro.
Pero voy a intentarlo, te lo prometo.
Voy a intentarlo por mi. Voy a intentarlo por vos.
Y si en el intento logro rozar aunque sea la punta de tus dedos, si en el intento logro acercarte a mi corazón, entonces todo el esfuerzo habrá valido la pena.
lunes, 10 de enero de 2011
Chau pedacito de infancia.

Murió María Elena Walsh y en honor a la importancia de su presencia en mi infancia, me permito llorarla un poquito, casi como si la hubiese conocido, como si hubiese sido una tía o una abuela.
Y me pregunto: ¿Acaso no lo fue? ¿No fue ella esa tía o abuela que a través de sus libros me contaba historias? Sí, quiero creer que si.
Sus libros fueron mis primeros tesoros. Llegaron a mis manos gracias a una de mis tías, que desde muy chica comenzó a enseñarme el amor por la lectura y que más tarde me llevaba a la librería para que me sumerja entre sus estantes y pueda elegir yo misma lo que quería leer.
La imaginación de María Elena me abrió la puerta de un mundo donde todo era posible, un reino del revés, donde nada el pájaro y vuela el pez; donde un elefante se transforma en mascota; donde un gato pesca sombreros con una caña desde una ventana; donde una letra llamada plapla es eliminada del abecedario por inquieta y movediza; donde un mono caza a una naranja a la orilla de una zanja; donde una batata es reina y donde una vaca de la quebrada de Humahuaca quiere ir a la escuela.
Ella fue mi primera compañera durante las madrugadas donde yo comenzaba a despuntar el vicio de la lectura nocturna. Ella la culpable de que cada noche me peleara con mi hermana porque quería apagar la luz y yo quería seguir leyendo hasta caer rendida de sueño.
Ella, su voz y sus letras fueron la música que acompañó almuerzos y cenas en casa. Todos cantando las canciones. Mi papá, mi hermana y yo bailando el twist del mono Liso en el living en más de una ocasión.
Hoy se fue, la lloro, pero me siento afortunada de haberla tenido, de haberla leído, de poder apreciar a ciencia cierta lo que fue y lo que nos dejó.
Hoy se fue y se lleva con ella un pedacito de mi infancia, aún así, yo me siento millonaria al saber que todavía tengo sus libros, ajados, recontra ídos y con olor a viejo.
Me siento un poquito feliz de que mis hijos sepan quién es, de que tengan una colección de su obra y hasta fantaseo con la idea se ser abuela y poder comprarle y leerle sus libros a mis nietos.
Gracias María Elena por Dailan Kifki, por Doña Disparate y Bambuco, por Zoo Loco, por Tutú Marambá, por Cuentopos de Gulubú. Gracias por la Vaca estudiosa, por el Brujito de Gulubú, por el gato que pes, por la Reina Batata, por Mono Liso y la naranja. Gracias por tu reino del revés, por Manuelita, por Osoflete Colorete, por la marcha de Osías en el bazar.
Gracias por tratarnos como adultos aún cuando éramos niños. Gracias por hacernos sentir niños, aún cuando ya nos convertimos en adultos.
GRACIAS, gracias por tanto. Te debo una.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
El día que Paula fue gigante.
Cuando levantó su copa para despedir el año que se iba, Paula se sintió gigante y le soltó la mano al 2010 sin un solo reproche. No todo había sido perfecto, pero lo mejor había pasado. Ella había dejado ir y había vuelto a recuperar su paz interior, había vuelto a ser la de siempre.
Se sintió tan, pero tan gigante, que no pudo evitar recordar aquella frase que su amiga María le dijo un día en medio de una de esas crisis que sólo la dejaban llorar: "Cuando hablás de él te volvés chiquitita, vos, que sos tan grande y hermosa, vos que podés contra todo, te volvés diminuta".
Paula arrastraba mal de amores de una "relación" de casi dos años. Y ya saben ustedes cómo es el amor. Así como te hace gigante un día, al otro día te deja acurrucada en un rincón preguntando qué pasó, cómo fue que te encogiste de golpe.
Es que un buen día Paula se enamoró. Y sintió maripositas en la panza y tocó el cielo con las manos y todas esas cosas que pasan cuando uno se enamora.
Pasa que un caballero la llenó de atención, mimos, palabras y días mágicos y claro, un buen día el hombre también decidió tomar distancia. Ojo, una distancia prudente, esa que mira desde lejos y siempre vuelve a aparecer, como para no perder el tesoro del todo, para seguir teniendo siempre una chance en ese puerto.
Y Paula sintió que su vida se terminaba en ese abandono. Sintió que sabía lo que tenía que hacer ante aquel hombre que jugaba con sus sentimientos pero no podía hacerlo.
Algo dentro suyo no le permitía dejar ir, cerrar la puerta que él pretendía dejar, al parecer, siempre entreabierta.
Su mente y su corazón libraron en ella una gran batalla que por momentos se tornó agotadora, desequilibrante, terriblemente dolorosa, sobre todo terriblemente dolorosa.
Pero un buen día Paula decidió soltar amarras de ese puerto, decidió cerrar la puerta con doble vuelta de llave y tirar esa llave lo más lejos posible. Decidió “quemar las naves”.
Así fue como luego de un encuentro más de los tantos que tuvieron, despidió a Marcos sabiendo que esa era la última vez que lo veía. Lo despidió feliz, convencida de que eso era lo que más deseaba en el mundo.
Paula fue libre y volvió a sentir una paz enorme dentro de sí, esa paz que se siente cuando el bienestar propio no depende de nadie más que de uno mismo.
Se sintió tan, pero tan gigante, que no pudo evitar recordar aquella frase que su amiga María le dijo un día en medio de una de esas crisis que sólo la dejaban llorar: "Cuando hablás de él te volvés chiquitita, vos, que sos tan grande y hermosa, vos que podés contra todo, te volvés diminuta".
Paula arrastraba mal de amores de una "relación" de casi dos años. Y ya saben ustedes cómo es el amor. Así como te hace gigante un día, al otro día te deja acurrucada en un rincón preguntando qué pasó, cómo fue que te encogiste de golpe.
Es que un buen día Paula se enamoró. Y sintió maripositas en la panza y tocó el cielo con las manos y todas esas cosas que pasan cuando uno se enamora.
Pasa que un caballero la llenó de atención, mimos, palabras y días mágicos y claro, un buen día el hombre también decidió tomar distancia. Ojo, una distancia prudente, esa que mira desde lejos y siempre vuelve a aparecer, como para no perder el tesoro del todo, para seguir teniendo siempre una chance en ese puerto.
Y Paula sintió que su vida se terminaba en ese abandono. Sintió que sabía lo que tenía que hacer ante aquel hombre que jugaba con sus sentimientos pero no podía hacerlo.
Algo dentro suyo no le permitía dejar ir, cerrar la puerta que él pretendía dejar, al parecer, siempre entreabierta.
Su mente y su corazón libraron en ella una gran batalla que por momentos se tornó agotadora, desequilibrante, terriblemente dolorosa, sobre todo terriblemente dolorosa.
Pero un buen día Paula decidió soltar amarras de ese puerto, decidió cerrar la puerta con doble vuelta de llave y tirar esa llave lo más lejos posible. Decidió “quemar las naves”.
Así fue como luego de un encuentro más de los tantos que tuvieron, despidió a Marcos sabiendo que esa era la última vez que lo veía. Lo despidió feliz, convencida de que eso era lo que más deseaba en el mundo.
Paula fue libre y volvió a sentir una paz enorme dentro de sí, esa paz que se siente cuando el bienestar propio no depende de nadie más que de uno mismo.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
¿Dónde andaré?
¿Me perdí? ¿Me secuestraron? ¿Me robaron? ¿Me escondí? ¿Me escapé?
No sé, pero la cosa es que no me estoy encontrando.
Me busco y no me encuentro.
Y tengo esa sensación acá, bueno no, ahí justo ahí no. Acá, en este lugar, ese que no sé muy bien dónde está, pero sí sé dónde se siente. Sí, sí, ahí, justo ahí. Vos entendés.
Y esa sensación no deja que me encuentre. Como que el árbol me está tapando el bosque, o algo así.
Y me busco y no me encuentro.
Guardo la calma, todavía no desespero.
Pero la verdad, la verdad es que me extraño.
Volvé Itatí, te perdono.
No sé, pero la cosa es que no me estoy encontrando.
Me busco y no me encuentro.
Y tengo esa sensación acá, bueno no, ahí justo ahí no. Acá, en este lugar, ese que no sé muy bien dónde está, pero sí sé dónde se siente. Sí, sí, ahí, justo ahí. Vos entendés.
Y esa sensación no deja que me encuentre. Como que el árbol me está tapando el bosque, o algo así.
Y me busco y no me encuentro.
Guardo la calma, todavía no desespero.
Pero la verdad, la verdad es que me extraño.
Volvé Itatí, te perdono.
viernes, 19 de noviembre de 2010
El aire no seca todas las cicatrices
Hace días, mi niño menor se cayó, fue uno de esos golpes lindos que dejan tremendo raspón en las rodillas. Como suele suceder en esos casos, entre llanto y llanto, pedía que le ponga curitas. (Si, ellos inocentemente todavía creen que todo se cura poniéndose esos apósitos mágicos)
Por supuesto que la experiencia, y la voz de nuestra madre que llega desde lejos, nos hacen saber que no, que lo mejor en ese caso no es poner curitas, sino dejar el raspón al aire para que se seque, se haga la costrita, y después de unos días, si el niño no ayudó antes con sus deditos, la costra caiga sola y quede, o no, una hermosa cicatriz.
Si, ya sé, todo muy lindo pero, ¿a cuento de qué viene esto?. Y esto viene a cuento de que anoche durante el recital de Rosana (sí, mi gusto musical es versátil) escuché en una de sus canciones esta frase: “No se secan al aire cicatrices de amor”.
Repito: “No se secan al aire cicatrices de amor”. (Por si la quieren escuchar acá va link http://www.youtube.com/watch?v=kGnpCZy-ykA )
Y sí, inmediatamente vino a mi cabeza mi madre, diciendo que lo mejor era no poner curita y dejar esa cicatriz al aire, y a mi misma repitiéndole el cuentito a mi hijo.
Pero claro, en este caso hay un detalle fundamental, hablamos de cicatrices de amor que poco tienen que ver con las otras. Entonces se me vino encima todo el peso de la verdad de esa frase. Y pensé qué fácil sería todo si ante el primer magullón que deja el amor fuese tan sencillo como dejar la herida al aire libre. ¿Te imaginás diciéndole a tu amiga, pará, bancá un toque, vamos a una plaza a tomar un poco de sol y aire así se me seca esta herida que tengo y se me pase el dolor? Sería hermoso, pero es tan iluso como creer que si te ponés la curita, la lastimadura se cura como por arte de magia.
Creo que las heridas que deja el amor, (pará, ¿el amor o las personas de las que nos enamoramos? Epa, les dejo la inquietud) se curan sólo con el tiempo y siempre, pero siempre, te diría casi como condición sin e qua non, dejan cicatrices, de esas que no se ven a simple vista, pero que aparecen si buceas un poco en tu interior.
A veces esas cicatrices sirven para no cometer el mismo error otra vez. Ojo, dije A VECES, y sí, están los que tropiezan dos veces con la misma piedra, y tres y cuatro y así…
A veces modifican nuestra vida radicalmente y ya nunca más somos los mismos después de esa herida. No volver a creer ni confiar en los que se acercan, suele ser uno de los resultados. Triste, pero real. Después medís cada palabra, analizas si lo dijo, por qué lo dijo y si lo sintió, y claro, difícilmente volvés a exponerte así porque sí, con inocencia y entrega total. Y sí, es que el que se quema con leche, además de quedarle la cicatriz, ve una vaca y llora.
Y así, sin distinción de sexo, religión, color, edad, si usás twitter, facebook o no tenés ningunas de esas dos redes sociales, el amor nos atraviesa por completo, nos lleva a lo más alto de la cima y después cuando caemos, nos golpeamos y viene ese momento en donde pedís como loco una curita y donde viene otro y te dice que no sirve la curita, pero pará… tampoco sirve el aire… ¿Y entonces? ¿Qué sirve?
Sin ser muy experta y cayendo en frase hecha, sirve el tiempo. Dejar pasar el tiempo, rodearnos de gente que nos quiere, nos cuida, nos hace ver lo importantes que somos, lo que valemos. Tener amigos, de esos que están siempre, los que levantan con cucharita al otro cuando una herida lo dejó herido de “casi” muerte (nadie muere por amor, bueno, eso creo), los que saben callar y escuchar cuando hay que hacerlo y dar los consejos necesarios cuando es el momento indicado.
Creo que sirve eso, pero por las dudas, ¿por qué mejor no armamos una movida en FB, TW y dónde sea, para que la gente de Curitas se deje de joder e invente las curitas que curen heridas de amor? Digo, ¿no sería más fácil y todos felices comiendo perdices con la solución en el botiquín y al alcance de la mano? Piénsenlo.
Por supuesto que la experiencia, y la voz de nuestra madre que llega desde lejos, nos hacen saber que no, que lo mejor en ese caso no es poner curitas, sino dejar el raspón al aire para que se seque, se haga la costrita, y después de unos días, si el niño no ayudó antes con sus deditos, la costra caiga sola y quede, o no, una hermosa cicatriz.
Si, ya sé, todo muy lindo pero, ¿a cuento de qué viene esto?. Y esto viene a cuento de que anoche durante el recital de Rosana (sí, mi gusto musical es versátil) escuché en una de sus canciones esta frase: “No se secan al aire cicatrices de amor”.
Repito: “No se secan al aire cicatrices de amor”. (Por si la quieren escuchar acá va link http://www.youtube.com/watch?v=kGnpCZy-ykA )
Y sí, inmediatamente vino a mi cabeza mi madre, diciendo que lo mejor era no poner curita y dejar esa cicatriz al aire, y a mi misma repitiéndole el cuentito a mi hijo.
Pero claro, en este caso hay un detalle fundamental, hablamos de cicatrices de amor que poco tienen que ver con las otras. Entonces se me vino encima todo el peso de la verdad de esa frase. Y pensé qué fácil sería todo si ante el primer magullón que deja el amor fuese tan sencillo como dejar la herida al aire libre. ¿Te imaginás diciéndole a tu amiga, pará, bancá un toque, vamos a una plaza a tomar un poco de sol y aire así se me seca esta herida que tengo y se me pase el dolor? Sería hermoso, pero es tan iluso como creer que si te ponés la curita, la lastimadura se cura como por arte de magia.
Creo que las heridas que deja el amor, (pará, ¿el amor o las personas de las que nos enamoramos? Epa, les dejo la inquietud) se curan sólo con el tiempo y siempre, pero siempre, te diría casi como condición sin e qua non, dejan cicatrices, de esas que no se ven a simple vista, pero que aparecen si buceas un poco en tu interior.
A veces esas cicatrices sirven para no cometer el mismo error otra vez. Ojo, dije A VECES, y sí, están los que tropiezan dos veces con la misma piedra, y tres y cuatro y así…
A veces modifican nuestra vida radicalmente y ya nunca más somos los mismos después de esa herida. No volver a creer ni confiar en los que se acercan, suele ser uno de los resultados. Triste, pero real. Después medís cada palabra, analizas si lo dijo, por qué lo dijo y si lo sintió, y claro, difícilmente volvés a exponerte así porque sí, con inocencia y entrega total. Y sí, es que el que se quema con leche, además de quedarle la cicatriz, ve una vaca y llora.
Y así, sin distinción de sexo, religión, color, edad, si usás twitter, facebook o no tenés ningunas de esas dos redes sociales, el amor nos atraviesa por completo, nos lleva a lo más alto de la cima y después cuando caemos, nos golpeamos y viene ese momento en donde pedís como loco una curita y donde viene otro y te dice que no sirve la curita, pero pará… tampoco sirve el aire… ¿Y entonces? ¿Qué sirve?
Sin ser muy experta y cayendo en frase hecha, sirve el tiempo. Dejar pasar el tiempo, rodearnos de gente que nos quiere, nos cuida, nos hace ver lo importantes que somos, lo que valemos. Tener amigos, de esos que están siempre, los que levantan con cucharita al otro cuando una herida lo dejó herido de “casi” muerte (nadie muere por amor, bueno, eso creo), los que saben callar y escuchar cuando hay que hacerlo y dar los consejos necesarios cuando es el momento indicado.
Creo que sirve eso, pero por las dudas, ¿por qué mejor no armamos una movida en FB, TW y dónde sea, para que la gente de Curitas se deje de joder e invente las curitas que curen heridas de amor? Digo, ¿no sería más fácil y todos felices comiendo perdices con la solución en el botiquín y al alcance de la mano? Piénsenlo.
lunes, 30 de agosto de 2010
Internet, te amo, te odio y dame más.
Los mails tardan en abrirse. Los archivos no bajan más. No puedo enviar esos audios que necesito a través de la web. Gtalk se inhabilita porque sí. El msn se cae una y mil veces. Esto no puede ser cierto, no un lunes...
Comienzo a desesperarme, salto de una página a otra compulsivamente. El doble click se transforma en quíntuple y hasta séxtuple click como creyendo que de esa manera la orden que doy es mas clara y más efusiva. Nada, el señor que está al otro lado de la pantalla seguro está tomando mate y se olvidó de hacerle caso a mis órdenes (Porque así funciona esto, ¿no? Hay un señor del otro lado que, al igual que las viejas operadoras de teléfono, va recibiendo nuestras órdenes y apretando botoncitos para que se concreten, así es ¿no?)
Entro en pánico. Respiro profundo, intento tranquilizarme, cuento hasta 100. De repente se me ocurre la genial idea de que esto no puede ser otra cosa que una terrible pesadilla. Sí, estoy en una pesadilla. Me pellizco para despertarme y... No, no era una pesadilla. Ahora me duele la falta de conexión y también el pellizcón que me autopropiné, pero más lo primero que lo segundo.
Sacando la veta graciosa de esa desesperación que me invade y que casi bordea la locura, los días en que Internet anda mal, o anda con una lentitud digna de tortuga o directamente no anda, me pregunto inevitablemente ¿Cómo hacían los periodistas para trabajar hace algunos años sin esta herramienta que hoy en día se convirtió en la mano derecha de cualquier trabajador?
Sin Internet y sin celular, mi trabajo parece imposible de hacer. Desde el acto más sencillo, enviar un mail a alguien; hasta el más complejo, quedan en la nada, son una misión imposible que ni Tom Cruice podría llevar a cabo.
¿Se imaginan produciendo un programa, ya sea de TV o radio, sin celular, sin mail y sin chat? ¿Cuánto más caro sería y cuánta energía de más tendríamos que poner al servicio de ese acto? Todo lo que hoy hacemos con cierta facilidad, como armar una agenda de medios, coordinar entrevistas o simplemente enviar información, sería una tarea casi titánica.
Sí, ya lo sé, los periodistas de antaño así lo hacían y ninguno murió en el intento. Lo sé. Sin embargo, cuando tengo estos días donde la tecnología está en una vereda y yo en la otra, intento imaginar cómo sería mi vida sin Internet y la verdad, que no lo imagino.
Soy rehén de esta fantástica herramienta, y mientras más beneficios y facilidades me da, más rehén soy, porque el día que me faltan, el día que se cortó una fibra óptica en la Conchinchina o hay una tormenta, o lo que sea, yo no sé cómo se hace para transitar el día decentemente y sin sentirme una desquiciada y una adicta.
Casi me animo a establecer un paralelismo entre la relación que entablamos con Internet y la que entablamos con alguien cuando nos enamoramos. Esa relación de dependencia (que no debería ser tal) es tan importante que cuando está, todo es magia, todo fluye, te sentís feliz y dueño del mundo. Cuando no está, cuando se va y te deja porque sí, sos un despojo humano, no sabés para dónde salir corriendo ni cómo hacer para vivir sin el otro. Con el tiempo vas aprendiendo y cuando te deja el ser en cuestión, no te desesperás ni lloras desconsoladamente. Ahora, si te deja Internet, todavía no sabés cómo no sumirte en la más profunda desesperación. ¿O no?
Ante todo esto, la buena noticia es que, así como nadie muere de amor, nadie muere sin Internet. Y yo, mientras espero que los audios se adjunten, las páginas se abran y gtalk se digne a quedarse más de 15 minutos conectado, voy escribiendo este post. Al fin y al cabo, estar un poco sin internet no está tan mal, ¿no?
Comienzo a desesperarme, salto de una página a otra compulsivamente. El doble click se transforma en quíntuple y hasta séxtuple click como creyendo que de esa manera la orden que doy es mas clara y más efusiva. Nada, el señor que está al otro lado de la pantalla seguro está tomando mate y se olvidó de hacerle caso a mis órdenes (Porque así funciona esto, ¿no? Hay un señor del otro lado que, al igual que las viejas operadoras de teléfono, va recibiendo nuestras órdenes y apretando botoncitos para que se concreten, así es ¿no?)
Entro en pánico. Respiro profundo, intento tranquilizarme, cuento hasta 100. De repente se me ocurre la genial idea de que esto no puede ser otra cosa que una terrible pesadilla. Sí, estoy en una pesadilla. Me pellizco para despertarme y... No, no era una pesadilla. Ahora me duele la falta de conexión y también el pellizcón que me autopropiné, pero más lo primero que lo segundo.
Sacando la veta graciosa de esa desesperación que me invade y que casi bordea la locura, los días en que Internet anda mal, o anda con una lentitud digna de tortuga o directamente no anda, me pregunto inevitablemente ¿Cómo hacían los periodistas para trabajar hace algunos años sin esta herramienta que hoy en día se convirtió en la mano derecha de cualquier trabajador?
Sin Internet y sin celular, mi trabajo parece imposible de hacer. Desde el acto más sencillo, enviar un mail a alguien; hasta el más complejo, quedan en la nada, son una misión imposible que ni Tom Cruice podría llevar a cabo.
¿Se imaginan produciendo un programa, ya sea de TV o radio, sin celular, sin mail y sin chat? ¿Cuánto más caro sería y cuánta energía de más tendríamos que poner al servicio de ese acto? Todo lo que hoy hacemos con cierta facilidad, como armar una agenda de medios, coordinar entrevistas o simplemente enviar información, sería una tarea casi titánica.
Sí, ya lo sé, los periodistas de antaño así lo hacían y ninguno murió en el intento. Lo sé. Sin embargo, cuando tengo estos días donde la tecnología está en una vereda y yo en la otra, intento imaginar cómo sería mi vida sin Internet y la verdad, que no lo imagino.
Soy rehén de esta fantástica herramienta, y mientras más beneficios y facilidades me da, más rehén soy, porque el día que me faltan, el día que se cortó una fibra óptica en la Conchinchina o hay una tormenta, o lo que sea, yo no sé cómo se hace para transitar el día decentemente y sin sentirme una desquiciada y una adicta.
Casi me animo a establecer un paralelismo entre la relación que entablamos con Internet y la que entablamos con alguien cuando nos enamoramos. Esa relación de dependencia (que no debería ser tal) es tan importante que cuando está, todo es magia, todo fluye, te sentís feliz y dueño del mundo. Cuando no está, cuando se va y te deja porque sí, sos un despojo humano, no sabés para dónde salir corriendo ni cómo hacer para vivir sin el otro. Con el tiempo vas aprendiendo y cuando te deja el ser en cuestión, no te desesperás ni lloras desconsoladamente. Ahora, si te deja Internet, todavía no sabés cómo no sumirte en la más profunda desesperación. ¿O no?
Ante todo esto, la buena noticia es que, así como nadie muere de amor, nadie muere sin Internet. Y yo, mientras espero que los audios se adjunten, las páginas se abran y gtalk se digne a quedarse más de 15 minutos conectado, voy escribiendo este post. Al fin y al cabo, estar un poco sin internet no está tan mal, ¿no?
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