viernes, 13 de abril de 2012

Mi gotita de agua


Un día como hoy, pero hace 8 años, me convertía en mamá por primera vez.
Tiago llegaba a este mundo y yo vivía en ese instante el acto más instintivo y primitivo que viví alguna vez en mi vida.
En quirófano y con las manos atadas a una tabla (ya sé, suena horrible, pero era para que no toque el "campo" de la cesárea), me acercaron a mi hijo y yo, que no podía usar mis manos para tocarlo, acariciarlo y mimarlo, comencé a olerlo, a recorrerlo con mi cara, a sentir con mi piel ya curtida esa piel nueva, calentita y suave.
Mi cara, mi olfato y mis ojos, fueron en ese momento mis manos. Y recorrí milímetro por milímetro su pequeñez, mirándolo y asombrándome de que ese ser hubiese habitado en mi 9 meses.
Hoy, cada vez que lo beso vuelvo a acariciarlo con mi cara, vuelvo a olerlo y siempre, o casi siempre, vuelvo con el recuerdo a nuestro primer encuentro.
Tiago es hoy un hombrecito hermoso. Es un ser con una sensibilidad especial. En él todo es intenso. Está lleno de amor y dulzura. Es mi gran orgullo cada vez que está fuera de casa y la gente lo alaba, y a veces, mi dolor de cabeza cuando está en casa...
Dicen que es igual a mí físicamente, mi gotita de agua. Yo en cambio, me reconozco en él cuando veo cómo la impotencia lo paraliza.
Tiago es uno de los grandes amores de mi vida, el que me transformó para siempre en un ser vulnerable con su sola existencia y el que me puso frente al desafío, tremendo desafío, de ser madre.
No sé si pasaré la prueba con buenas calificaciones. No sé si seré la mejor mamá del mundo. Sólo sé que, desde lo más profundo de mi ser, lo único que quiero es poder estar a la altura de este hijo que me tocó. Ojalá lo logre.

martes, 27 de marzo de 2012

Hoy me salvo

Hace rato leía el poema "No te salves" del enorme Benedetti. Ese hombrecito con cara arrugada y mirada dulce y profunda que siempre me inspiró unas ganas tremendas de abrazarlo y acunarlo en mis brazos. Como una manera quizá de devolverle todo lo que él nos dio, y nos seguirá dando, con sus poesías.
Decía, leía su poema y sentía que yo, justo ahora, me estoy salvando.
Estoy inmóvil al borde del camino. Congelando el júbilo, queriendo con desgana.
No estoy llena de calma, pero sí estoy dejando caer los párpados pesados como juicios. Juicios contra mí misma, claro, que es el peor juicio al que podemos someternos.
Y me seco sin labios.
Y me duermo sin sueño.
Y me pienso sin sangre.
Y me juzgo sin tiempo.
Y pese a todo, pese a saber que elegir salvarse es estar un poco muerto, hoy no puedo evitarlo y me salvo.
Hoy me quedo al borde del camino viendo los días pasar. En acción por fuera, pero inmóvil por dentro, sin reacción. Esperando que el tiempo pase.
Hoy me salvo, porque no encuentro otro modo, porque no me sale de otro modo.
Hoy, sólo por hoy o algunos cuantos hoy más, me salvo.
Quizá como vos. Quizá como muchos.

martes, 17 de enero de 2012

Mi despedida a Pato

El sábado con mi familia nos pasamos el día bromeando sobre nuestras muertes. Dijimos no tener miedo de hablar sobre ella, de nombrarla. Al fin y al cabo, de un modo u otro, algún día llegaría. Hicimos los chistes más inverosímiles con gran desparpajo. Nos reímos, nos reímos mucho.
El domingo la que se burló de mi, fue la muerte. Ella se paseó cerquita mío y de todos los que amamos el periodismo en Salta. El domingo la muerte, caprichosa, injusta, soberbia, se llevó a una gran colega.
Pato no era mi amiga. Pato era eso, una colega. Una colega con la que sólo nos vimos unas cuantas veces, pero con la que hablamos por teléfono y chateamos cientos de veces.
Pato tenía 41 años, dos hijos, una sonrisa hermosa que la hacía brillar y toda una vida por delante.
Cuando tenía que armar una convocatoria de medios, Pato era una de las primeras a la que ELEGÍA llamar. ¿Por qué? Porque era un placer tratar con ella. Siempre estaba de buen humor, siempre tenía un manojo de palabras lindas para recibirme. Su predisposición y su buena onda traspasaban la pantalla y el teléfono. SIEMPRE. Y yo me queda contenta porque ella me había hecho la mañana un poquito más fácil, al menos por un ratito.
A Pato se le notaba lo buena gente con poco. Bastaba con mirarla a los ojos para saber que uno estaba hablando con una mina de buena madera.
Todas las muestras de cariño que vi, leí y sentí de TODOS lo que alguna vez trataron con ella, no hacen más que confirmar que nunca me equivoqué en mi percepción sobre esta mujercita, pequeñita de estatura, pero al parecer, gigante de alma.
Hoy ella se fue y todos nos quedamos tristes. Seguramente, todos estamos pensando en lo injusta que es la vida, o mejor dicho, en lo injusta que es la muerte a veces.
Soy atea, tremendamente atea, y eso me impide pensar que algún Dios sabía lo que hacía al llevársela. Sólo puedo pensar que así es la vida y que la mejor manera que tenemos de vivirla es siendo como fue Pato. Sembrando sonrisas, siendo generosos con los otros, cultivando y cuidando amistades, brindándonos por completo. Porque eso, y sólo eso, es lo que verdaderamente nos hace trascender en el tiempo y el espacio y lo que nos deja cerca de la gente para siempre, aún cuando no estemos más en este mundo.
Chau, Patito, gracias por todo.

martes, 20 de septiembre de 2011

De mujer maravilla a mamá

Hace dos días que la mujer maravilla, esa que me creo que soy cuando me calzo el disfráz para salir todos los días a la calle, para desempeñarme en la vida como profesional, como mujer, como madre, como amiga, como hermana, dejó paso a la otra mujer que hay en mi, a la que parió, a la que dio vida.
Y es que mi hijo mayor, suena a tanto y son apenas 7 años, se va de viaje por primera vez, a otra provincia y por 3 días. Y no, cuando digo a otra provincia no hablo de 500 kilómetros de distancia. Hablo de apenas 130 km, pero que claro, a mi me parecen miles.
Y yo, la que siempre fue independiente, la que desde chica se iba a dormir sin problemas a cualquier lado y la que cría a sus hijos día a día inculcándoles esa libertad, la que quiere que vivan sin miedos, la que los quiere independientes de mamá y papá, esa misma, hoy no puede con sus miedos.
No, no me preocupa que no pueda cortarse la milanesa del almuerzo, o que decida no bañarse y andar tres días sucio (al fin y al cabo lo hará miles de veces en su vida y yo no podré hacer nada). Tampoco me preocupa que se mande una travesura de chico o que coma mal. No me desvela que no se ponga protector o repelente para mosquitos. Tampoco me importa que ande en remerita y desabrigado ignorando los 4 buzos que seguramente le pondré en el bolso. La verdad, la pura verdad, es que todas esas cosas me tienen sin cuidado. Me importan poco y casi nada, es más, me importan nada.
Me preocupa el viaje en colectivo. La ruta. Que ante su inocencia alguien pueda hacerle mal. Y un sin fin de cosas irreproducibles que se me cruzan por la cabeza sin que yo pueda controlarlas. Me preocupa que pasen esas cosas irremediables de la vida, esas que nos marcan y cambian para siempre.
Busco explicaciones en mi cabeza a estos miedos, hace dos días que las busco, y de repente, lo entiendo todo. De pronto me remonto en el tiempo y vuelvo 7 años atrás. Me veo en la clínica con mi bebé en brazos y me acuerdo, con una claridad abrumadora, lo que sentí en ese momento. Mientras miraba a Tiago tan chiquito, tan mío, tan indefenso, sentí por primera vez en la vida que a partir de ese momento yo era vulnerable para siempre, que ahora ese ser me volvía la persona más vulnerable del mundo porque si algo le pasaba, mi vida y mi mundo nunca más volverían a ser los mismos.
Esa misma sensación de vulnerabilidad me invadió una vez cuando estuvo muy enfermo y me vista de nuevo ahora.
Y sé que nada puedo hacer, que tengo que dejarlo volar y sentarme a amasar y a domar mis miedos. Sentarme a esperar que todo salga bien, que la vida decida no golpearme a través de lo que más amo.
Y me siento y espero. Y sé que todo saldrá bien y que algún día recordaremos este viaje como uno más de los que seguramente hará en toda su vida.
Y sé que voy a despedir a mi hijo con una sonrisa, llenándolo de besos y seguridades, aunque yo por dentro me quede temblando como una hoja mientras pongo a correr el cronómetro que active la cuenta regresiva de las horas que faltan para que vuelva a abrazarlo.
La pucha, qué fácil había resultado ser la mujer maravilla y que difícil ser esta mamá llena de miedos.

sábado, 30 de julio de 2011

De eso se trata

Creer.
Soñar.
Despertarse.
Desencantarse.
Jurar en no volver a confiar.
Distraerse, y un día, volver a creer.
Volar.
Caminar por las nubes.
Mirar el mundo desde otra dimensión.
Sentirse tremendamente vivo.
Y de repente, caída libre, otra vez.
Morder y acariciar la tierra.
Sacudirse.
Repensarse.
Mirarse desde afuera.
Mirarse para adentro.
Olvidarse las autopromesas.
Dejarse llevar.
Volver a jugar.
Sacarse y ponerse la coraza, una y mil veces.

miércoles, 20 de julio de 2011

Lo mejor de cada casa

No recuerdo cuántos años tenía, pero no debo haber pasado los 12 o 13, el día que mi papá me hizo escuchar la canción “Las malas compañías”, de Serrat ( http://www.youtube.com/watch?v=rQIv3Ynfxn0 ). Fiel a su estilo, no sólo trataba de hacer que conozca la canción, sino que la escuche, que entienda la letra.
Como no podía ser de otra manera, se conocía las canciones de memoria y me repetía las partes más importantes explicándomelas.
De todas las canciones que me hizo escuchar, esta fue una de las más especiales (aunque no la más especial). Todavía me veo sentada en la cocina de casa con él, escuchándola. Recuerdo la explicación que me dio en cada parte, cómo me enseñó qué significaba cada palabra. Cómo se reía de manera pícara durante las primeras estrofas ante mi cara de: “esos no pueden ser buenos amigos”. Con su cara parecía decirme: “esperá, ya vas a ver que esos sí son amigos”.
Y sí, después venía lo mejor. Después venía la explicación de lo que son los amigos de verdad, de lo fundamentales que son en nuestras vidas, del sentido que le dan.
Tengo que confesar que no soy de esas personas que andan derrochando saludos por el día del amigo, para mi el día del amigo no es navidad o año nuevo. No. Mezquiné siempre los saludos, como si fuesen un bien escaso que en cualquier momento se me fuese a acabar. Siempre saludé a unos pocos, a los que sentía de verdad mis amigos, y que debo confesar, siempre fueron pocos.
Hoy entendí que hay distintas clases de amigos y fui acuñándolos con el correr de los años, sin embargo, sigo guardando con recelo los saludos. Cabeza dura la mina.
La explicación quizá resida en el valor que le doy a la amistad. En lo especial que son mis amigos para mi, y en su incidencia en mi vida. Porque sin miedo a equivocarme digo que no sería lo que soy sin el paso de cada uno de ellos por mis días.
Y aunque cuando fui adolescente los festejos del día del amigo eran muy especiales para mi pequeña cofradía de aquel entonces, hoy sé que el día del amigo se festeja y se honra todos los días, en los pequeños gestos, en las pequeñas cosas.
La amistad, como casi todo en la vida, es una construcción diaria.
Se construye estando presentes, no importa cómo, o si es el 20 de julio, sino cuando es necesario.
Abrazando.
Escuchando.
Involucrándonos con las cosas del otro.
Aprendiendo a mirar, a descifrar en una mirada emociones, estados.
Sabiendo decir lo que el otro necesita, o diciendo lo que no espera para hacerlo reaccionar.
Aprendiendo a trocar palabras vacías por un abrazo, por un apretón de manos, por una caricia en la mejilla en el momento en que más lo necesita.
Volviéndonos permeables, dejándonos atravesar por el entorno, por los sentimientos.
Aprendiendo a compartir.
Siendo generosos.
Entendiendo.
Ejercitando la difícil tarea de ponernos en el lugar del otro.
Ser buenos amigos es todo un arte y uno va a prendiendo y mejorando según pasan los años y según lo que cada uno de nuestros amigos nos van enseñando. No es fácil, pero vale la pena.
Mis amigos son todos distintos, algunos llevan conmigo más de 27 años. Otros son más “nuevitos”. Otros son hermanos que elegí a conciencia. Muchos acompañaron momentos inolvidables de mi vida. Algunos nacieron producto de la virtualidad y hoy están muy cerquita a pesar de los kilómetros. Otros me miran y saben exactamente qué me pasa. Algunos pocos saben TODO de mi. Otros son yo misma pero en otro cuerpo.
Tengo amigos rubios, morochos, católicos, ateos, altos, flacos, rellenitos, petizos. Un lindo crisol de gente que lo único que hicieron fue hacerme una mejor persona. Pero hay algo que los iguala, hay algo en lo que todos coinciden: mis amigos SON BUENA GENTE, son de buena madera, y como diría Serrat, son lo mejor de cada casa.
A todos ellos lo único que tengo para decirles es GRACIAS por dejarme ser parte de sus vidas, pero por sobre todo, GRACIAS por ser parte de la mía.

PD: Gracias @anitaquirantes por recordarme hoy este hermoso tema de Serrat.

viernes, 15 de julio de 2011

Perdón por el egoismo

Hace un año vivía uno de esos momentos que, estoy segura, van a quedar guardados para siempre en mi memoria.
Asistía, a la distancia, al debate en el congreso para la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, que finalmente fue aprobada en medio de la madrugada, mientras miles de argentinos seguíamos de cerca el desarrollo de ese momento histórico. Sí, yo fui de esas que se quedó hasta el final, la que puteó los discursos retrógrados de muchos de nuestros legisladores, la que se emocionó con la votación, la que lloró cuando quedó aprobada la ley, la que sintió en ese momento que como país habíamos crecido 100 años de golpe, la que al despertarse al día siguiente se sintió feliz por el logro colectivo.
Poder vivir esas horas a través de la TV, y compartir e intercambiar opiniones en las redes sociales, fue una de las cosas que también hicieron a ese día especial. La adrenalina vivida fue increíble, gloriosa, única.
Y tengo que decir que cuando la posibilidad de que surja una ley de este tipo se instaló en la sociedad, supe desde un primer momento cuál era mi postura, sin dudas y con absoluta convicción estaba A FAVOR del Matrimonio Igualitario.
Y aunque no soy militante de ningún partido, la defendí cada vez que pude, en los ambientes más diversos y ante personas que opinaban distinto a mi, aún a riesgo de entrar en terreno escabroso y convertirme en el aguafiestas de la reunión.
¿Y saben qué? No lo hice por ninguno de ustedes. Lo hice por un motivo pura y exclusivamente personal.
Lo hice porque en lo único que pensé desde un primer momento fue en mis hijos. Pensé en que si algún día ellos venían a decirme que eran homosexuales, yo quería para ellos lo mismo que tuve yo.
Quería igualdad de oportunidades y condiciones sin importar su elección o condición sexual.
Quería que la tengan fácil, al menos en ese sentido. Que no tengan que luchar contra posibles discrimaciones, que pudiesen elegir lo que mejor les parezca, como harían sus primos o amigos heterosexuales.
Quería que sus sentimientos y sus preferencias no fuesen un impedimento para alcanzar la plenitud y la felicidad, en un mundo donde ya de por sí, no es tarea sencilla ser feliz.
Y sí, perdón, pero pensé en ellos por sobre todos ustedes. Pasa que a veces la sangre tira, ¿vio?

Ah, y perdón por Olmedo también...